lunes, 12 de mayo de 2014

¿Dónde encontrar a Dios?

Esta pregunta básica; tan antigua como la humanidad, detona una serie de respuestas. El cerebro humano está construido: para buscar a su creador. No hay insulto o pecado alguno, en preguntárselo… libremente.

Buscar; si pero ¿entender? Para empezar; nadie puede afirmar que el cerebro es capaz de abarcar a dios, es decir: ¿el creado está hecho?… ¿para entender al creador? Un órgano finito ¿puede entender lo infinito?

Los fanáticos brincan exaltadísimos, ante estas preguntas. Discutir de religión, no es algo fácil. Las creencias “sagradas”, se procesan en una parte no racional de nuestra psique. Cuestionar los conceptos religiosos, es motivo de violencia; recordemos: la inquisición, los atentados terroristas, o los muros que separan a razas genéticamente idénticas, pero con nombre distinto para su dios.

En estado de tristeza existencial extrema, religión o no, todos buscamos un apoyo extraordinario. Fenómeno interesantísimo; en los países ateos, se le reza al “líder” por favores. El extremo se vio en fecha reciente, cuando desapareció un avión (Malasya Airlines), algunos ciudadanos chinos pedían con gritos desesperados… “que el comunismo nos ayude” (¿?).

¿Encontrar a Dios fuera? siendo omnipresente, deducimos, está en cualquier lugar. La respuesta es no. Al analizar la naturaleza, encontramos la mano de Dios, pero no a Dios. El cerebro es un órgano que basa su funcionamiento, en los cinco sentidos clásicos. Por esto a pregunta del cerebro, respuesta del mismo; y por ello lo “encontramos”; en las leyes naturales (gravedad, aceleración, etc.), un antiquísimo modelo, de buscar al creador; en la prehistoria se le veía en fenómenos como el rayo, o en el sol.

Sin embargo, el dios que vemos en las leyes físicas, es totalmente ajeno al alma humana. Pensemos en los fenómenos naturales como; las grandes erupciones volcánicas, o los tsunamis, que matan miles de personas ¿Qué hay de dios en ello? Peor aun, si lo buscamos en los seres vivos; imaginemos a un grupo de hienas, comiéndose lentamente a un búfalo ...¡todavía vivo! a la araña hembra que se come al macho, después de copular etc. etc.

Pero...si...encontramos, un atisbo de Dios, en el alma de personas: “de luz”. Pueden ser; un ama de casa, el albañil, un hermano y definitivamente; cuando amamos. Sentimos la tibieza, de un ser superior, que se comunica con ellos. Ello nos lleva a la siguiente conclusión; a Dios más bien se le conoce con el Alma, que con el cerebro. Está más allá, de los sentidos físicos.

Las virtudes anímicas como; caridad, esperanza, alegría, compasión: si nos acercan a la divinidad. Los instintos animales, para la conservación de la especie, como el instinto materno, son mas bien un pálido acercamiento a las virtudes mencionadas.

Entonces; en la vida del Alma, si encontramos a un Dios que podemos entender, y sentir como tal. Ese concepto, nos ayuda en las crisis como; vivir el dolor de un amigo enfermo. Esa comunicación con el creador, da sentido a la alegría de vivir el día a día. Pensar así en Dios, si nutre nuestra biblioteca moral personal.

Y de igual manera nos cuestionamos ¿cómo comunicarme con Él ? Esta pregunta da pánico; nadie quiere caer en dogmas o reglas… ¡creadas por el hombre! Recordemos ejemplos; el “sancta sanctórum” lugar sagradísimo, donde solo el sumo sacerdote puede entrar, para comunicarse (solo él) con dios, o la conocida amenaza del dedo flamígero; “debemos leer únicamente la interpretación oficial de las sagradas escrituras”: Lupus est homo homini (Lobo es el hombre para el hombre).O peor; los actos obsesivos autoinflingidos como ciertos budistas, dando interminables vueltas a las ruedas de oración, para ¡ganar el Nirvana! o el mecánico rezo del rosario.

Tratemos por ello, de limpiar nuestras ideas preconcebidas, y simplemente…abrir la mente, escuchar... ¡al alma! Buscar ese momento, que más bien, nos encuentra ¡cuando le da la gana! y lo hace de muy diversas maneras; “Dios te habla a través de la gente”, se dice con gran verdad. La oración, o meditación son lo más tradicional, practicas casi en desuso, por distracciones que la “modernidad” (tele, radio, tablets) nos da. La lectura de libros apropiados, es otro camino; hay autores de diversas creencias religiosas (o ninguna), que nos inspiran. O bien; podemos visualizar a la gente que posee, sabiduría en asuntos espirituales, tan vez la abuela. Recordando sus respuestas, nos comunicamos con su energía. Todo ello deja en claro; el alma propia o ajena, es un buen lugar… ¡para buscar a Dios!


Dr. Guillermo van Wielink

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