jueves, 1 de mayo de 2014

Lecciones sobre la muerte...de mi mascota

Comet, galán de actitud meditabunda, perro Schnauzer; mediano, sal y pimienta, con 17 añosde edad humana, era ya un anciano. Agonizaba, echado... bajo su  árbol favorito.


 Resoplaba con actitud plácida. Concentrado en su muerte ya cercana, en total armonía con la naturaleza, sin asomo de temor. Su actitud recordaba, la de Budda, en meditación pacífica. Impactante: para el humano.  

Él  nació un frío día de navidad. En esos momentos de agonía, repasaba su vida, recordando sus ya lejanos días de cachorro; cuando vivía con su mamá, y 7 hermanos. Pensaba; cuando sus amos llegaron, un una soleada mañana, siendo un cachorro de 3 meses. La señora de la casa, como mujer, sensible; lo escogió: por su hermosa alma. Además de; su guapura, cara de inteligente, actitud alegre y amistosa. Comet se acercó a lamerle la mano. O será más bien… que  él ¿escogió su nueva familia?

Era de noche cuando llegó a su nuevo hogar, en el cuarto de lavado, estaba su cama redonda. Se le puso; un reloj despertador, se oía…tic…tac…tic…tac… (para recordarle los latidos de su madre), un oso de peluche, agua y comida. La puerta al jardín se dejó abierta.

Cometlo sermoneó la señora no debes tener miedo, aquí te vamos a querer mucho… ¡no llores en la noche!... duerme tranquilo.

Y así se comportó, entendido como era; pasó la noche en silencio, seguramente extrañando a su camada.

Creció contento, divirtiendo a todos con su alegría y travesuras. Se hizo experto en traer la rama o la pelota, a las manos de quién la había arrojado. Con ojos brillando de alegría, moviendo la cola frenéticamente, ladraba diciendo…”arrójala otra vez”. Los perros son; como duendes de la naturaleza; inteligentes, sin malicia, buenos, y sensibles.

Poco a poco, Comet se fue adueñando de la vida de sus amos. Rascaba la puerta de los cuartos por las noches, “déjame entrar” ordenaba. Siendo psicólogo nato, pronto detectó al habitante más compadecido: el hijo mayor. Inició durmiendo en su cama perruna, ubicada en la lavandería, a poco, usaba el suelo de los cuartos.  Finalmente conquistó la cama humana, descansando feliz (hecho un ovillo) a los pies del niño. Crecieron ambos muy unidos.

Al llegar a su juventud, era hermoso entre su raza; de abundante “pelo en pecho” de color dorado, más que sal y pimienta. Siempre estaba atento a las perrunas damiselas, por algo tuvo una numerosa descendencia, ya era chosno. Implacable con los gatos; el señor del Gas, el cartero y toda persona con actitud extraña.

Grrrrrr……grrrrrrr….Guuuuauuuuuu…..grrrrrrrr……Les ladraba amenazante, eso si, nunca mordió humanos.

A las “señoras de sociedad”, las respetaba (solo les olía los pies), sabiéndose el mismo, de alta alcurnia.

 Al menor descuido, Comet…se fugaba corriendo desaforado, atravesando la puerta de entrada. Iba directo a retar, amenazante, en la casa del vecino, a su archienemigo; Max… un perro salchicha de su edad. La aversión entre ambos,  surgió durante unas vacaciones en Cuernavaca.  En un gran jardín, estaban; Comet, Max y Mimí, esta última, una coqueta salchicha adolescente. Durante unos tres días, Max y Comet, persiguieron obsesivamente a Mimí, quién zigzagueaba por el jardín incansable. Ambos galanes, se detenían solo para olfatear aquí y allá, algunos segundos, y después iban… directos a la dama. Claro… en las noches todos ellos dormían…¡exhaustos!

Al tercer día, Max y Comet: hicieron números. Pensaron... ¡alguien sobra aquí! Entonces, empezó la apasionada enemistad, con uno que otro altercado a mordiscos. Cosas del amor perruno.

 Con hábitos higiénicos impecables, obediente para casi todo, era un perro ejemplar. Esperaba el momento más oportuno para comerse los chocolates, no importaba el castigo ulterior: un vicio es, un vicio.

 Así pues, recordando estas y muchas otras etapas de su vida, Comet agonizaba bajo su árbol favorito. Estaba satisfecho con su vida, aceptando impasible, su próxima partida, al cielo de los perros. Sin asomo de temor, con la sabia mirada, fija en el infinito.

Corrimos a la farmacia, compramos diversos medicamentos y se los zambutimos en el hocico. A poco: regresó de su agonía. Pronto deambulaba, tembloroso. Tropezaba con los muebles, y gemía constantemente. Pedía, que lo subiéramos a su sillón favorito…sufría. Así había estado los últimos meses, todos sabíamos que siendo extremadamente viejo, su final se aproximaba.

Al cabo de una semana, se acostó otra vez, agonizante, ahora en su cama de bebé. La actitud hacia la muerte era, igual que antes; con sabiduría y armonía total hacia un evento, tan natural. Con una diferencia, ahora tenía “cara de sufrimiento” parecía más cansado y harto que antes. Comet había pagado con su dolor, el rechazo hacia las leyes naturales, y el egoísmo de sus amos. Se le había aplicado el famoso “encarnizamiento terapéutico”.  

Finalmente dejó de respirar, permaneciendo hasta el último momento: en santa paz. Tenía a la sazón, 119 años perrunos. Llovía cuando se le enterró, bajo su árbol favorito. Pronunciamos las últimas palabras para él ....“fuiste un buen perro”.

¡Qué gran maestro!



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