miércoles, 18 de junio de 2014

Maestros entre nosotros.

Cacaroto; limosnero de semáforo, de edad misteriosa, rodeado de obedientes perros, se acercaba a la ventana de mi auto. Aprovechando la luz roja, caminaba como zombi, hacia los autos, esperando (no pidiendo) una ayuda económica (no limosna).



Algunas semanas, Cacaroto: desaparecía. Luego se presentaba en "su semáforo" transformado; bañado, rasurado, y con ropa limpia, entonces se veía de 20 años. En estas épocas, hasta sus 5 perros, estaban contentos y aseados.

—Gracias padrino— decía el indigente, ante la patética moneda que depositaba en su mano, cómodamente sentado en mi auto.

—¿Por qué tan bañado Cacaroto? — pregunté curioso, en una ocasión.

—Estoy en recuperación padrino (¿?), me fui al anexo.

Al pasar los días, empezaba a notarse la falta de baño. Sus ropas iban igualando color, a café obscuro. Las manos adquirían una pátina negruzca, y la mirada, se tornaba ausente y perdida. La barba y pelo crecían en rastas. Entonces parecía un naufrago viejo. Las monedas se depositaban “de lejitos” en su mano.

—“Entre los pordioseros hay grandes maestros” —me dijo años antes el Mahatma.

Para mí, la mayoría de ellos eran haraganes y vividores. Unos cuantos enfermos mentales, y otros; como Cacaroto, adictos al cemento y al alcohol etílico (con Pecsi).

—¿Maestros de qué? Me preguntaba incrédulo, cegado por convencionalismos sociales y soberbia.

Escribiendo de Cacaroto, recordé la experiencia, cuando, en mi lejana juventud como médico residente, atendía en el servicio de urgencias, de Ciudad Netzahualcoyotl. En aquellos días más que una “Ciudad”, era un asentamiento irregular, de calles lodosas, sin drenaje, y atestada de colonos, en estado de miseria. Como ocurría a diario, urgencias estaba atestada de pacientes; balaceados, diabéticos en coma, niños deshidratados por la diarrea, pero más que nada, de mujeres a punto de parir.

Atendiendo a los más graves (el famoso triage), fueron pasando las horas, hasta que siendo las 3 de la mañana, me acerqué a una camilla solitaria. En ella yacía inmóvil, un hombre. Claramente era un“sin hogar”, en el estado más mugriento que se pueda imaginar. Contrastaba con su aspecto el hermoso rostro, recordaba un “Jesús de santuario”, ¡que rasgos tan finos y elegantes¡

—¿Qué le pasa? — pregunté.

Por unos momentos el me miró fijamente, esbozó una sonrisa plácida, con algún dejo de condescendencia. Entonces dirigió su mirada hacia arriba y…¡murió!. Lo hizo en paz, sin asomo de miedo. Fue tan natural, como sentarse en una silla, o tomar un vaso de agua.

De inmediato despejé su pecho, desgarré su camisa, para dar masaje cardiaco. En el acto quedé paralizado; ¡había miríadas de pulgas caminando por su piel!
Pasmado miré con más cuidado, sus barbas y pelo de profeta abandonado, había en ellas… ¡la misma infestación!  A un lado, la enfermera me miraba compadecida y algo burlona

— Estos doctorcitos eruditos— murmuró.

Toda la tragedia del hombre me pasó en un segundo, era evidente la desnutrición, el abandono, y crónica falta de higiene, en aquel indigente.

—Con razón—pensé—estuvo en esta esquina de la sala de urgencias… horas y nadie se le acercaba.
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Pero lo más impactante de todo, vino unos segundos después, la sensación de un alma que parte, sin nada que la ate al mundo material. Despidió entonces una fuertísima sensación de santidad, emanada de un hombre, que bajo las convenciones humanas: era un sátrapa.

Vaya que su muerte me impactó, y siendo un hospital de zona, siempre atestado  teníamos decesos a diario. Encarnó la frase “quisiera vivir como rico, y morir como pobre”.

“Entre los pordioseros hay grandes maestros” — recordé en aquellos momentos, las palabras del Mahatma”.

¿Cómo es eso? ¿Maestros de qué?—pregunté incrédulo.

— “Entre los indigentes, hay seres muy evolucionados”—repitió—“que han dejado atrás toda atadura humana, ya terminaron su ciclo en este mundo. Solo  se encuentran cumpliendo sus días de vida asignados, pero…son maestros”.

A mi —continuó—uno de ellos me concedió dones.

El hecho es; entre los “sin hogar”  hay personas de todo tipo. Si sabemos apreciar, toda persona, es un :maestro. Lo interesante es: entre los indigentes, hay seres muy evolucionados. Teresa de Calcuta, conoció a muchos de ellos. 




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